
La escuela que no cambió
Rodo HerreraUn aula con treinta pupitres mirando al frente, un timbre que corta la clase cada 50 minutos, materias que no se hablan entre sí y un examen al final del trimestre. Si un estudiante de 1986 entrara hoy a una escuela de Madrid, Buenos Aires, Santiago o Ciudad de México, probablemente reconocería casi todo. Afuera, en cambio, cambió el mundo entero.
Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre, ponen números a esa incomodidad. Y obligan a hacerse una pregunta que la política educativa suele esquivar: ¿alcanza con reformas parciales o el sistema necesita una actualización de fondo?
La foto más baja de la historia
PISA 2025 es la edición más grande que se hizo: más de 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países y economías, que representan a unos 33 millones de adolescentes. El diagnóstico de la OCDE es contundente: el promedio de sus países marcó los niveles más bajos jamás registrados en lectura, matemáticas y ciencias.
- Lectura: cayó 14 puntos respecto de 2022, la baja más fuerte entre dos ediciones en toda la serie. Desde 2015 acumula 28 puntos menos (de 489 a 461).
- Matemáticas: bajó 9 puntos, el equivalente a medio año escolar de aprendizaje.
- Ciencias: fue la única área que se sostuvo, frenando una caída que venía desde 2009.
- Rezagados: uno de cada cinco alumnos de la OCDE ya no alcanza el nivel básico en ninguna de las tres materias. En 2022 era uno de cada seis.
El dato que más debería preocupar no es el ranking. Es qué habilidades se están perdiendo: la OCDE señala que la caída en lectura se concentra en evaluar información, cruzar fuentes y pensar críticamente lo que se lee. Justo las competencias que más importan en la era de la inteligencia artificial. Los llamados "lectores apresurados", que leen rápido pero con errores, casi se duplicaron entre 2018 y 2025.
Y una aclaración que desarma la excusa más cómoda: según la propia OCDE, esto no empezó con la pandemia. Los resultados ya venían bajando antes de 2020, en paralelo con más tiempo de pantalla, menos lectura por placer y más distracción digital en las aulas.
España y América Latina: modelos distintos, la misma caída
España y Argentina bajaron en las tres áreas y marcaron mínimos históricos, y ningún país latinoamericano alcanzó el promedio de la OCDE en ninguna materia. Lo llamativo es que llegan desde modelos, leyes y presupuestos muy diferentes.
España firmó sus peores resultados desde que participa en PISA. En la última década perdió 45 puntos en lectura y 29 en matemáticas, más que el promedio de la OCDE. El porcentaje de alumnos por debajo del nivel básico en matemáticas pasó del 27% al 33%, y apenas un 4% llega a los niveles más altos, contra el 8% de la OCDE. Un detalle político que no es menor: es la primera edición tras la implantación completa de la LOMLOE.
Argentina obtuvo en matemáticas su puntaje más bajo de la serie. Solo el 24% de los estudiantes alcanza el umbral básico: ocho de cada diez no lo logran. Quedó octava entre los 13 países latinoamericanos evaluados, por debajo de Chile, Uruguay, Costa Rica, México, Brasil, Perú y Colombia. En 2022 había resistido mejor que el mundo; esta vez cayó al ritmo de todos.
El resto de la región muestra un mapa desparejo. Uruguay y Chile siguen arriba, y Uruguay logró en ciencias su mejor marca histórica. México cayó en matemáticas a su nivel más bajo desde 2006 y, según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), quedó 37° entre los 38 países de la OCDE. Brasil y Colombia, prácticamente estancados.
La OCDE suma un matiz que conviene no perder: en países como Colombia y Costa Rica la secundaria incorporó muchos más alumnos en la última década, y PISA solo evalúa a quienes están escolarizados. Más chicos en el aula también puede significar promedios más bajos. Incluir no es fracasar; incluir sin enseñar, sí.
La reacción política también dice algo. El Gobierno de Javier Milei difundió un comunicado en el que presentó los resultados como "consecuencia directa de las políticas educativas aplicadas por las gestiones anteriores", según recogió Chequeado. En México, la presidenta Claudia Sheinbaum defendió la Nueva Escuela Mexicana y celebró la mejora en ciencias, informó Expansión. En el mismo medio, la organización Mexicanos Primero advirtió que en 25 años, y pese a sucesivas reformas, el desempeño del país casi no se movió. En casi todos lados, la discusión gira sobre quién tiene la culpa más que sobre qué hay que cambiar.
¿Es el mismo sistema de hace 40 años?
Sí y no. Y en esa respuesta doble está el centro del problema.
Lo que cambió: las leyes, y muchas veces. España encadenó LOGSE, LOE, LOMCE y LOMLOE en apenas tres décadas. Argentina pasó de la Ley Federal de Educación de 1993 a la Ley de Educación Nacional de 2006. Cambiaron los contenidos, la obligatoriedad, los nombres de los ciclos y hasta la forma de evaluar.
Lo que no cambió: el formato. El aula graduada por edades, el docente al frente, el horario fragmentado en materias y el examen como cierre son, en rigor, bastante más viejos que 40 años: vienen del modelo escolar del siglo XIX, pensado para formar ciudadanos y trabajadores de la era industrial. Las reformas tocaron el qué; casi nunca el cómo.
Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE y padre de PISA, lo planteó en la cumbre educativa WISE de París, según recogió la revista británica TES: la escuela es un entorno muy conservador, que sabe agregar contenidos pero no quitarlos. Su receta es enseñar menos cosas con más profundidad, algo que definió como "el corazón del éxito educativo". Y el problema se agrava porque lo más fácil de enseñar y de evaluar es también lo más fácil de automatizar.
Pero cuidado con la conclusión rápida. Los sistemas que encabezan PISA 2025, como Singapur, Japón, Corea o Estonia, no se destacan por haber demolido el aula tradicional. Y la OCDE vincula buena parte de la caída a factores que están fuera de la escuela: desde 2022 creció casi seis puntos el porcentaje de alumnos que pasa más de una hora diaria en redes sociales. Es decir: el formato viejo no explica todo, y un formato nuevo no garantiza nada. La pregunta de fondo no es si hay que modernizar la escuela, sino qué hay que cambiar exactamente.
Qué dicen los especialistas
Tras la publicación, especialistas de ambos lados del Atlántico coincidieron en el diagnóstico, pero no en la receta. Sus opiniones pueden agruparse en cuatro posturas.
El formato quedó viejo. Carina Cabo, doctora en Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Rosario, dijo a Infobae que la secundaria sigue funcionando con una estructura atomizada y fragmentada, demasiado parecida a la de hace décadas. Gustavo Zorzoli, exrector del Colegio Nacional de Buenos Aires, fue más tajante ante el mismo medio: "Tenemos más chicos en la escuela que aprenden cada vez menos". Pero Zorzoli también advirtió a Infobae que la matemática básica que necesita un ciudadano es la misma de hace cincuenta años: el problema no es lo viejo, sino lo que no se enseña.
Cambiar la ley no es cambiar la escuela. El catedrático Alejandro Tiana, ex secretario de Estado de Educación de España, sostiene, según recogió El Español, que aprobar una ley no transforma la educación por sí sola: hace falta una implementación sostenida, algo que rara vez sobrevive al siguiente cambio de gobierno. Sandra Ziegler, investigadora de FLACSO, dijo a Infobae que entre las causas de fondo están la fragmentación del sistema y la discontinuidad de las políticas educativas.
Hace falta una reforma profunda. El economista Edgardo Zablotsky, miembro de la Academia Nacional de Educación, escribió en su columna de Ámbito que quienes advierten sobre los riesgos de cambiar deberían explicar por qué confían en que mantener el sistema dará otros resultados. Y recordó lo que proponía en 2011 en ese mismo diario: "Es hora de evaluar reformas radicales". En España, el experto Daniel Turienzo propuso en declaraciones a Público crear un indicador de riesgo educativo para intervenir antes de que el alumno suspenda o repita, con foco en Primaria.
Los matices. El pedagogo José Manuel Cabada recuerda, según cita El Español, que PISA "no mide la educación ni evalúa el sistema educativo". Jorge Galindo, director de EsadeEcPol, explicó a Infobae que la clave puede estar en la atención: la caída en lectura se concentra en los textos largos y en los alumnos que contestan rápido y mal, y la tecnología solo ayuda si exige esfuerzo en lugar de reemplazarlo. Desde Perú, el educador Giancarlo Vera dijo a Encuentro que la interacción en el aula "es el corazón de la educación".
Andreas Schleicher, creador de PISA, eligió una imagen deportiva en una entrevista con Euronews: "No te pones en forma viendo deporte, te pones en forma practicándolo". En la misma charla señaló que las mayores caídas se dieron en grandes países europeos como Francia, Alemania y España, mientras que las soluciones más interesantes surgieron en economías pequeñas y dinámicas.
Menos cosas, más profundidad
La OCDE acompañó los resultados con seis prioridades. Ninguna habla de tablets ni de aulas futuristas. Las más claras apuntan a lo contrario de lo que suele venderse como innovación:
- Expectativas altas y parejas para todos los alumnos, enseñando menos temas pero con mayor profundidad.
- Formación docente continua, no solo en qué enseñar sino en cómo enseñarlo.
- Más competencias científicas y técnicas, no menos, en economías que envejecen.
También hay señales de que la caída no es una ley natural. Costa Rica, Eslovaquia, Turquía y el Reino Unido mejoraron en ciencias desde 2022, y Turquía pasó en dos décadas de estar por debajo del promedio de la OCDE a superarlo. Se puede mejorar y, además, mejorar de forma más equitativa.

La pregunta que queda abierta
Si la escuela fue diseñada para transmitir información y hoy la información sobra, ¿qué tiene que enseñar? Si leer en profundidad es la habilidad que más se pierde, ¿cuántas horas de la jornada se dedican realmente a eso? Y si cada gobierno cambia la ley pero nadie cambia el aula, ¿estamos reformando el sistema o solo su manual de instrucciones? PISA no da esas respuestas. Pero deja algo claro: seguir haciendo lo mismo, con otro nombre, ya no alcanza.


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